TERCERA Y ULTIMA ENTREGA
las ráfagas alumbraban la noche; ya solo en la esquina y sin balas alguien buscó el maletín que fue recogido junto a un sombrero por el dueño de la noche, el protector de la familia, siempre justiciero él. Le ve los ojos y nota algo familiar, parece que lo conocía
- ya no habrá juicio, esta muerto el acusado-
A media frase un cuchillo cruza la garganta del ocasional asaltante. Las esquinas tiene movimiento y aparecen los tiradores
- La casa gana amigos- pronuncia feliz mientras se escuchan sirenas policiales- y la función debe continuar.
Dos disparos cruzados llegan a las piernas de los salvadores, caen al piso pidiendo ayuda mientras el flaco cruza la pista y el anciano que estuvo atento a cada secuencia no podía hablar por cuenta propia. Los uniformados reconocen los cuerpos muertos y a los heridos los auxilian, un tercer tipo, con pinta de saber todo pero no decir nada sale al lado del de negro a plena carrera de escape, ambos burlan a la policía que acordona el lugar y llama al juez para que autorice el levantamiento de los cuerpos. Misión cumplida.
En la mañana encuentran el maletín vacío y dos personas muertas a 20 cuadras del tiroteo de la noche en un parque con fuente en medio y bancas circulares, poca iluminación de fácil entrada; Uno de ellos vestía todo de negro, el otro era el primo denunciante. El único testigo fue el anciano que describió a su hijo en el enfrenamiento de la noche corriendo con un maletín y que después una persona lo acompañó, reconoció que el degollado era acusado de extorsionar jueces para salir libre cada vez que lo denunciaban por lavado de dinero producto de los tráficos de droga y el auto de la madrugada era de su denunciante y ex cómplice de las fechorías, su primo. Los demás heridos eran compañeros de trabajo de su hijo que veían el caso como defensores, eran compañeros de la universidad particular donde comprendieron que la justicia siempre triunfa pero no paga.
El padre quedó solo. La nuera sin inmutarse dejo flores en el entierro y las condolencias al suegro como también ella recibió los pésames del caso, luego se fue a vivir lejos con sus hijos, pues el esposo le dejo una fuerte suma de dinero como herencia aunque no se supo como obtuvo tanto en tan poco tiempo. Los familiares buscaron explicaciones a través de los años mientras el edificio, mudo testigo de todos los hechos ya pintado de azul y con inquilinos era abandonado por un anciano que no creía que su hijo había muerto confusamente en un tiroteo. Pantera recuerda que al perder a su madre sólo quiso dormir en el suelo pensando que ella lo arroparía otra vez aunque sean palmas de plátano.
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